¿Por qué soy feminista radical?

Por: Izchel de la Ciudad de México

Mi respuesta a la pregunta :

Para buscar contestar esta compleja pregunta me toca iniciar este texto diciendo que durante muchos años de mi vida sin saberlo fui o me identificaba con las ideas de una feminista liberal; la primera causa era que no contaba con información amplia y no había leído todavía teoría feminista de manera amplia, simplemente me consideraba una feminista por creer que las mujeres merecíamos una vida más digna y justa y ese fue mi primer acercamiento al feminismo.  

No sabía que había varias corrientes dentro del feminismo y no conocía definitivamente el feminismo radical, mi referente de entrada al movimiento fue mi madre que se educó en la corriente de Martha Lamas y afines, por que fue lo que aprendió en la UNAM cuando estudió su especialidad en sexo, genero y sexualidad allá por los finales de los noventas, y esta era la corriente que había permeado la academia mexicana, fue mi mamá la primera en decirme lo que era un legrado y porqué había que luchar por su legalización en el entonces Distrito Federal, fue la primera en contarme que era una persona transgénero y transexual y como había que dirigirse correctamente a las personas que no se identificaban con el sexo con el que nacieron. Así por más de diez años de mi vida yo nunca puse en duda estos principios y los asumí como si fueran el estándar feminista. 

También creía en la regulación, y creía en la regulación porque pensaba que era la única forma de humanizar y proteger a todas las mujeres explotadas sexualmente. Recuerdo también en mi adolescencia mirar todas las noches con mis padres Sex and the City y que les parecía muy de vanguardia la liberación sexual de las mujeres de New York. Sentarme con mi padre a ver documentales del regulacionismo en Europa y escucharlo decir que era una desgracia que en México fuéramos tan mochos como para no tener maravillosos burdeles para que hombres discapacitados disfrutaran de su sexualidad. Como muchas soy hija del nacho progre noventero de izquierda que escuchaba caifanes y creía que el porno y la prostitución eran parte de la libertad sexual.  

¿Por qué les cuento mi proceso tan intimo y personal de vida y  feminista? Porque creo que  detalles menos, detalles más, este es el proceso de miles  de mujeres que hoy en el feminismo radical encontramos el único lugar teórico, político, colectivo y organizacional capaz de continuar dando una batalla frontal al patriarcado, el patriarcado con su rebranding, el patriarcado con brillantina arcoíris, el patriarcado que proclama la explotación de nuestros cuerpos para procurar el derecho de alguien más, el patriarcado que regresa para decirnos que seamos incubadoras esta vez por solidaridad, que seamos aliadas de hombres que sufren más que nosotras y que nos merecemos la amenaza de muerte por incorrectas. 

Mi proceso que es el de muchas, es el proceso de abandonar las creencias de las y los liberales sexuales para incluirte en la única corriente teórica que te permite reivindicarte afuera de ser un objeto y una mercancía, así como ponerte primero como sujeta política.  

Volviendo a la narrativa, para mí el momento explosión, de completa ruptura con el liberalismo sexual, fue un artículo autobiográfico de una víctima de trata en Europa, que destrozo completamente mis ideas de regulacionismo, yo me entere, me enamore, y me transforme de teoría radical por el abolicionismo, fue la empatía que siempre he sentido por las mujeres en situación de prostitución, al darme cuenta que en estos supuestos países de avanzadas las mujeres eran victimas de trata y sometidas a torturas sexuales, y que la sociedad lo miraba como una diversión más a la que se tenía derecho por parte de los hombres. En el momento en que me di cuenta que la regulación de la explotación sexual no era en ningún lugar del mundo un camino para que las mujeres pobres pudieran vivir una vida más digna y que este precepto de trabajo sexual que me habían vendido durante años no existía más que en la mente de personas privilegiadas, inicie un viaje de acercarme a las mujeres y a la historia de las mujeres que luchan contra la trata y que son abolicionistas y que se consideran radicales incluso sin que ellas se auto etiqueten. Luchadoras mexicanas y latinoamericanas a quienes considero mis ejemplos y referentes por su trayectoria de vida.  

Gracias a esta causa pude conocer la teoría feminista de la ola que se consideró posteriormente como radical, que en mis palabras es el feminismo revolucionario, es el feminismo que teóricamente si proporciona las herramientas políticas para cambiar la realidad de manera colectiva y aborda la lucha de clases.  

Durante este proceso de cuestionamientos, el último al que me aproxime a desafiar fue la identidad de género, porque como antes establecí yo crecí siendo creyente de la misma, mi padre me sentó a ver “Mi vida en rosa” a los nueve años de edad y desde ahí hasta mi vida adulta jamás puse en discusión que había niñas y niños que nacían en cuerpos equivocados. 

La primera vez que un persona me dijo transfóbica me dolió, y me dolió en mi pasado porque no podía entender como por opinar que no creía justa la competencia deportiva con mujeres trans se me acusara de odiar a un sector de la población que crecí amando. Pensé dentro de mí,  yo no odio a las personas trans pero no puedo callarme cuando algo es injusto para nosotras. 

Hoy en día ya no me duele la etiqueta de TERF, desde mi punto de vista, el movimiento del cual viene a mí no me representa y tal vez nunca me representó desde que nací, ni defiende mis derechos, ni defiende mis espacios, me niego a ser borrada como mujer, me niego a ser silenciada, me niego a ser amenazada y cancelada por opinar de temas que en todo el mundo hoy se están discutiendo, porque las leyes de identidad de género han traído consecuencias directas para las mujeres pobres y racializadas, como ha sucedido en Canadá, y me niego rotundamente a que nos llamen privilegiadas.  

“Me niego abandonar a mis verdaderas aliadas por miedo a ser etiquetada o marcada, me siento llamada a alzar la voz por las infancias que en nombre del liberalismo sexual, crecen llenas de estereotipos y sexualización”.

Mi viaje no ha terminado va iniciando y mi lucha que se une a la de las mujeres del mundo que siguen viviendo sin dignidad y sin justicia oprimidas por un sistema patriarcal al que el liberalismo sexual solamente ha logrado actualizar, quiero cerrar con un mensaje para las mujeres que se hacen llamar feministas liberales, te abrazo y tu no eres mi enemiga, te respeto, yo también vengo de ahí y si hay conceptos en los que nos podemos encontrar en coincidencia. Sé que las ideas tienen un origen, un tiempo y un contexto histórico, espero que algún día te pueda recibir de este lado, y espero con todo mi corazón ser parte del  proceso que hoy estás gestando.  

Masculinidades hegemónicas

Masculinidades hegemónicas

Por: Ana Elena Contreras

¿Masculinidades? La masculinidad se define como el conjunto de atributos, valores, comportamientos y conductas que son característicos del hombre en una sociedad determinada.

Cuando hablamos de masculinidad hegemónica hablamos de un concepto propuesto por R. W. Connell, quien nos dice que es es una forma concreta de expresar el género masculino, el ser “hombre”, es la expresión más aceptada y que aporta legitimidad al patriarcado, esto es que garantiza la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres y sobre otras identidades de género que se perciben como “femeninos” en la sociedad.

¿Porqué es importante hablar de masculinidades? Porque en una sociedad llena de violencia, donde diariamente asesinan a 9 mujeres y niñas, los hombres están sintiéndose cada vez más confrontados y no saben cómo reaccionar. Mi intención no es decirles qué hacer, sólo dejo la provocación esperando que con responsabilidad se sumen a cuestionarse su construcción del “ser hombres”, que se cuestionen el ejercicio de sus violencias y el porqué de la fragilidad de su masculinidad, e incluso si esta última expresión le parece “demasiado violenta”, espere señoro, continúe la lectura que esto justo es para usted.

¿A qué es a lo que me refiero cuando hablo del constructo de “ser hombre”? pues ya saben, los hombres deben controlar todo, no llorar, ser proveedores en todos sentidos, mandar, celar, tener erecciones siempre, poseer, gritar, acosar, tener la razón y todas esas otras cosas absurdas y violentas que el patriarcado dicta.

Recientemente en un curso de Derechos Humamos, me tocó escuchar dos testimonios de hombres, que se dieron cuenta a partir de una dinámica en la clase del ejercicio de su machismo y de las repercusiones en su vida diaria, además de la percepción de sí mismos a partir de ello. Fue algo totalmente inesperado, una explosión honesta y cargada de dolor que nadie en ese grupo se esperaba.

Las mujeres llevamos décadas dando la batalla desmontando patriarcado, ¿cómo? cuestionándonos, deconstruyéndonos, tejiendo redes, pidiendo ayuda, siendo sororas entre nosotras y re educándonos, sí, de todo eso se trata el feminismo también, y lo seguimos haciendo aún con todo y el estigma del feminismo, tal vez es porque somos unas valientes y aguerridas.

Sin embargo, algunos hombres también han empezado a desmontar patriarcado, con todo y las dificultades de las resistencias propias del “ser hombres”, muchos se están cuestionado su construcción de masculinidad y están analizando el ejercicio de sus violencias y privilegios. Re aprender, re educarse, re construirse a sí mismo es posible y cualquiera con algo de voluntad puede lograrlo.

Cuando los hombres “más progres” nos preguntan cómo pueden ayudar al movimiento feminista es que les decimos: con hombres cuestionándose sus privilegios, el ejercicio de sus violencias, su construcción del “ser hombres”, la forma en que se relacionan con las otredades y el tipo de relaciones afectivas que construyen.

No, no queremos “hombres feministos”, no queremos “ex machos” que se reúnan a cantar, a victimizarse y a justificar sus violencias “porque el patriarcado también los lastima”, ni mucho menos que se pongan a leer de feminismo para patriarcalizar el discurso y aprovecharse del mismo con una fachada de “aliados” porque justo esos hombres llenos de resistencias para hacer cambios sobre sí mismos son los más peligrosos.

La sociedad igualitaria, progresista, libre, y respetuosa a la que mujeres y hombres deberíamos aspirar, debería ser una que tenga la suficiente valentía para no andar simulando y con todo el dolor que cuesta la deconstrucción del patriarcado, hacerse cargo de sí mismxs y ponerse a desaprender todas esas cosas torcidas con la cual fuimos educaxs, porque sólo así, lograremos tener libertad, relaciones sanas y la enteresa para retirarse de lugares, situaciones, relaciones y espacios que no son dignos para cada una y uno.

Si usted hombre hegemónico llegó con la lectura hasta aquí espero que empiece a hacerse las preguntas correctas que le lleven a buscar un espacio adecuado, serio y profesional para empezar a hacer una verdadera re-evolución, que lo lleve a ser un sujeto de cambio social, el reto está ahora en sus manos, decida qué hacer con él.

P.D. Este pequeño artículo va con especial dedicatoria a mis compañeros del curso de Derechos Humanos, gracias por su valentía y por darle el jalón a la venda. Ah! no se queden ahí, ¡pueden dar muchos pasos más hacia adelante!

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Amor Romántico, de ese que mata

Amor Romántico, de ese que mata

Por Ana Elena Contreras

“Mujer, hermana, si te pega no te ama”

Consigna feminista.

Amor Romántico.

La feminista Coral Herrera, nos dice que el amor romántico es una “construcción creada social y culturalmente, la cual está atravesada por una ideología hegemónica y patriarcal”, vamos, nadie se cuestiona la necesidad y obligatoriedad de una “media naranja”, es casi un mandato y el rasero para muchas otras cosas (y violencias).

Señala además que el amor romántico “es el mecanismo cultural más potente para perpetuar el patriarcado”, ¿y cómo no lo va a decir así?, si en el nombre del “amor” se cometen los crímenes más espantosos que nos podamos imaginar, y desde esa idea torcida del “amor romántico” mujeres y hombres son subyugados y disminuidos; algunas de las características que resalta la misma Herrera sobre esa construcción ideológica romántica son las de un sistema  basada en la pareja monogámica, heterosexual, regulado, entre adultos, orientado a la procreación y bendecido por la Iglesia y el Estado.

¿Les hace sentido todo eso? Simone de De Beauvoir expresaba en relación al amor que “el día en que una mujer pueda amar, no desde su debilidad sino desde su fuerza, no para escapar de sí misma sino para encontrarse, no para rebajarse sino para afirmarse, ese día será para ella, como para los hombres, una fuente de vida y no de peligro mortal”, ¡y cuánta razón y vigencia la de sus palabras hoy en día!

Para entender el concepto de “amor romántico” debemos atender a la construcción social y simbólica que reproducen los medios y las instituciones. La obligatoriedad de que mujeres y hombres tienen que estar con una “media naranja” que por sí mismo implica que somos seres “incompletos” y que el estado ideal es estar en pareja, sin importar la calidad de la relación ni lo sano de las mismas. Se nos enseña que el control, los celos y la manipulación son lo correcto en las relaciones. Que las relaciones son luchas de poder y no nos preparan para el rechazo, porque ante el rechazo la respuesta patriarcal es: luchar por ella o por él.

¡Qué terquedad! lo peor es que el rechazo para el patriarcado es el sinónimo de una derrota, cuando muchas veces, una ruptura romántica lo que hace es darnos espacio y libertad.

Muchas personas (no feministas) me han preguntado con cierto desencanto y angustia ¿por qué las feministas odiamos el romanticismo? Porque, claro, cuando rechazamos el amor romántico inmediatamente lo relacionan con el romanticismo… Veamos, no es más que una fuerte crítica a la manera en que el sistema nos hace concebir el amor: lleno de violencia, de dependencia, de sacrificios absurdos, de subyugación, de celos que rayan en lo enfermizo, de palabras huecas como “el amor verdadero todo lo puede” (frase que normalmente viene acompañada de una situación de violencia), acuerdos no cumplidos, infidelidades, por mencionar algunas. Lo que nos dice el amor romántico es que ese es el precio a pagar, porque es una necesidad estar emparejado (bien o mal), de lo contrario estamos defectuosos.

Amor romántico y violencia de género

La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), arrojó que el 46.1% de las mujeres, de entre 15 años y más, han sufrido incidentes de violencia de pareja a lo largo de sus relaciones; el 13.5% de las mujeres de 15 años confesó haber sufrido violencia física que les provocó daños permanentes o temporales; la misma encuesta en el 2011, señala que en el Distrito Federal (ahora Ciudad de México) el 51.93% (1 millón 769 mil 571) de las mujeres y adolescentes de quince años y más encuestadas, sufrieron algún tipo de violencia psicológica, económica, física o sexual a lo largo de la relación con su última pareja. La violencia en las relaciones de pareja se debe en gran medida a la reproducción de los mitos sobre el amor romántico.

La idea de que la pareja nos pertenece (creencia que convierte en objeto a la otredad), es uno de los primeros y más poderosos mitos, el cual imposibilita manejar emocionalmente el hecho de que el amor se acaba, o bien que las personas simplemente ya no desean estar a nuestro lado. Bajo el modelo de amor romántico hay dos cosas: o “luchas” por su amor, o acabas con el rechazo dándole un fin a la persona, porque “si no es mía no es de nadie”. Otro de los mitos del amor romántico son los celos; si no demuestra que tiene celos, entonces “tal vez” no te ama lo suficiente, porque, claro, sin el componente de la violencia sutil, el amor ¡no es amor! La realidad es que los celos matan, no sólo al que los sufre, sino a quien los provoca.

Cuántas historias sobre feminicidio no están escritas sobre un “el amor lo cegó”, cuántas atrocidades van de la mano de un “no soportó perderla”, no señoras y señores, el amor no es violencia bajo ninguna circunstancia y las personas no somos pertenencias de nadie. Necesitamos analizar desde dónde construimos nuestras relaciones y deconstruir los viejos conceptos del amor romántico. Otras formas de amar son posibles. El ejercicio no es fácil pero en muchas ocasiones es una cuestión de vida o muerte, especialmente para nosotras las mujeres.

El amor romántico no es una cuestión privada ni aislada del ojo público, el amor es personal, y lo personal es político. Dejemos de pensar que “el amor todo lo puede”, porque no es verdad que el amor pueda lidiar con tratos humillantes, con violencia, con egoísmo, con posesión, con desigualdad, con promiscuidad, eso no es amor, eso es violencia revestida de romanticismo.

Nos encontramos bombardeados permanentemente de esas ideas, lo refuerzan las novelas rosas, Hollywood en sus producciones, las canciones e incluso la educación que recibimos, los modelos desde los cuales nació nuestra idea primera del amor, cargada de sacrificio, de desdibujarnos como personas dignas y autónomas.

Deconstruirnos o morir

En un mundo que naturaliza la violencia, desmontar el amor romántico es una urgencia, necesitamos resguardar nuestra integridad emocional, física, y nuestra dignidad. Empezar a analizarnos, a pensarnos, a sentirnos, a ser objetivos de nuestras reproducciones de violencia o de sumisión es fundamental, hay que afinar las antenas y detectar las señales.

Debemos empezar a construir relaciones basadas en el amor propio como primer eje, para poder transitar al respeto, al diálogo, la escucha activa, la libertad, la construcción de acuerdos, y en el entendido de que las relaciones afectivas, eróticas, o sexuales no son espacios para desplegar poder sobre la otredad. Que el amor sea lo que nos permita florecer y ver florecer, olvidemos esas frases de “que valga la pena”, queremos que el amor “valga la alegría”.

Es necesario que el amor romántico deje de ser un verdugo, apostemos a avanzar hacia una forma igualitaria de relacionarnos, que nos permita erradicar la violencia de género, dejemos atrás las ideas de que necesitamos una media naranja, de que nos falta el amor para sentirnos personas plenas, porque la plenitud no debe estar fincada en el otro o la otra, sino en nuestro propio ser. El machismo es un demonio de grandes garras, es un sistema estructural, es sofisticado y uno de sus nidos más poderosos son las relaciones de pareja.

La feminista afroamericana Bell Hooks, en La Claridad del Amor, nos dice que “amar debe ser una acción y no un sentimiento”, así que pongamos voluntad, elijamos amar desde la conciencia y desde “el propósito de alimentar el crecimiento espiritual propio y el de otra persona. El amor es lo que el amor hace, es un acto de voluntad. La voluntad implica elegir. No estamos obligados a amar. Elegimos amar” (definición tomada por Hooks de S, Peck). Entonces, elijamos muy bien cómo queremos amar, a quién amar, pero sobre todo, pensemos si en realidad queremos o no amar a una otredad. Empecemos a idear nuevas maneras de amar, desde la libertad y el amor propio.

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Ni machismo ni feminismo

Ni machismo, ni feminismo

Por Ana Elena Contreras

“Ni machismo, ni feminismo… igualitarismo”

Dicho machista.

La Real Academia Española de la Lengua (RAE), que también es sumamente machista, define al machismo como “la actitud de prepotencia de los hombres respecto de las mujeres”. El machismo se perpetúa gracias al sistema patriarcal a través de sus instituciones, como la escuela y la religión, los medios de comunicación, la música popular, el cine, la pornografía y la televisión, por mencionar algunos.

El feminismo, por otro lado, es un movimiento social y político que se refiere a la toma de conciencia de las mujeres como grupo oprimido y a la lucha de las mismas por sus derechos. Gracias al feminismo las mujeres (feministas y no feministas) hemos logrado el reconocimiento de derechos y hemos ganado espacios en varios ámbitos, además, la lucha feminista ha peleado por conseguir justicia y señalar violaciones a los derechos de las mujeres, todo lo anterior con éxito.

Con las dos definiciones nos podemos dar cuenta de algo: el machismo y el feminismo no son ni de cerca sinónimos o antónimos, vamos, no son “los dos extremos de las cosas”. No, no señores, no se confundan, a manos del feminismo no ha muerto ningún hombre, niño o anciano, pero a manos del machismo han muerto miles de niñas, jóvenes y ancianas (esto es en su máxima expresión de violencia), pero el machismo también es responsable de que muchas de esas mujeres y niñas hayan sido violadas, privadas de su libertad, vendidas, acosadas en las calles y en los espacios tanto públicos como privados; han sido sus cuerpos cosificado en los medios (todos, sin excepción), sí, este mismo machismo ha dañado la integridad física y psicológica de mujeres de todas las edades.

¿Quiénes ejercen machismo?

La violencia machista es tan perversa que la ejercen tanto hombres como mujeres, pero en una sociedad de doble moral y con gusto por lo “correcto”, es muy difícil aceptar que eres una persona machista, es por eso que se vuelve normal escuchar cosas tan absurdas como “el machismo no existe”, “pero si la golpeó su marido, seguro es porque se lo merecía”, “para qué salió a la calle con esa ropa, por eso la violaron”, “es que las feminazis son unas exageradas” “yo digo que ni machismo ni feminismo; humanismo”. ¿En serio? No hay nada más machista que negar la existencia del machismo con tales argumentos.

Sin embargo, cuando digo que tanto hombres como mujeres ejercen conductas machistas, quiero matizar aquí algo. Hay una diferencia entre los hombres y mujeres machistas, incluso hay un sesgo: los hombres ejercen el machismo desde una posición de “superioridad”, mientras que las mujeres lo ejercen desde la subordinación y la necesidad de aceptación. Terrible, ¿no? No es casual que esto suceda de esa forma, existe un sistema que es el que dicta las reglas: el patriarcado. Bajo su cobijo es que ejerce el machismo, el cual, velado o no, es lo “normal”, porque es parte del sistema patriarcal en el cual crecimos y con el cual nos educaron, pero también es cierto que son conductas que se deben desaprender. Sí, esto es posible.

Esta es una de mis rolas favoritas que invito a que la escuchen con atención.

¿Eres machista?

¿A ti te confronta el feminismo? Te tengo una mala noticia, seguro es porque eres una persona machista de clóset. Tal vez es algo que sabes en el fondo, pero reconocerlo abiertamente es algo políticamente incorrecto, es por eso que te sientes tan incómodo.

Te voy a dejar aquí un listado de frases machistas que te pueden ayudar a identificar si eres o no “machista de clóset”:

  • Crees firmemente que las mujeres fueron creadas para tener bebés, una mujer sin hijos, es una mujer “incompleta”.
  • Piensas que es “normal” que los hombres sean infieles, “así son, son hombres”, pero si una mujer es infiel, es una puta y su conducta es imperdonable.
  • Te parece un privilegio el uso de vagones del metro exclusivos para mujeres y exclamas: “necesitamos unión, no discriminación”, por tu cabeza no pasa la idea de que es una medida necesaria e inmediata ante el acoso que las mujeres de todas las edades sufren cada día, acosos que van desde tocamientos sin su consentimiento, hasta eyaculaciones sobre su ropa o piel.
  • Ante una mujer acosada, lo primero que haces es preguntar cómo iba vestida la víctima, porque claro, seguramente era demasiada provocación para el pobre acosador.
  • Utilizas la palabra “feminazi”, en tono de “broma” por supuesto, (no, las bromas también perpetúan la violencia y son injustificadas).
  • Piensas que la cantidad de hombres que mueren cada día son equiparables con las 7 mujeres que diariamente son víctimas de feminicidio. Los hombres que mueren cada día, generalmente mueren a manos de otros hombres, no a manos de mujeres de manera premeditada.
  • Si una mujer toma la delantera para invitar a salir a un hombre piensas que es una puta, claro, esto también es machismo.
  • Si una mujer es lesbiana, es porque seguro le falta una “buena cogida”, claro, como si los penes fueran “milagrosos”.

Desaprender es posible

El arte está en que quienes ejercen esa violencia machista decidan renunciar a seguir perpetuándola y comiencen a transitar a un modelo social igualitario. ¿Por qué se debe renunciar a mantener y perpetuar el machismo? Porque es insostenible la violencia que vivimos actualmente, porque ya es suficiente la sangre vertida y porque sólo lograremos una sociedad avanzada cuando estemos libres de la violencia del machismo.

Aunque erradicar las conductas machistas es un trabajo de hombres y mujeres por igual, la tarea se debe hacer desde diferentes lugares. Las mujeres hemos empezado, llevamos décadas de lucha y organización, de deconstrucción y activismo. Los hombres deben empezar a reconocer esas violencias que ejercen (sin falsos victimismos), y hablar de sus privilegios entre ustedes, entre iguales, sin querer colonizar espacios, desde la autocrítica y con una conciencia de cambio. Es urgente actuar en consecuencia con el problema, identificarlo no es suficiente, es necesario actuar, tener el valor de renunciar a los privilegios y renunciar a la idea de reincidir.

Dicho lo anterior, agrego que no hay acto pequeño en el proceso de desaprender, todo abona, todo cuenta, se desaprende desde un dejar de hacer chistes sexistas, homofóbicos o machistas; si somos mujeres, dejemos de vernos como enemigas y dejemos de dudar de nuestra palabra, optemos por un permanente #YoSíTeCreo (porque para dudar de la voz de las mujeres, ya están las autoridades y el sistema completo), si eres hombre, deja de poner tu masculinidad en los actos violentos, ejercerlos no te hará más “hombre”. ¿Qué ganamos con desmontar el machismo? Una sociedad más justa, pacífica e igualitaria.

Y cada vez que un “ni machismo ni feminismo…” quiera salir de tu garganta, por favor, recuerda que el machismo mata.

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